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La envidia literaria como recurso

on June 24 | in Columnas, Sujetos | by | with No Comments

Lado C

Por: Jaime Mesa

Desde mi primer taller entendí que, entre narradores, la envidia literaria es un arma de doble filo. Por un lado, si no tienes un mundo interior del tamaño de tus ambiciones, si no has descubierto tus mejores y peores características como escritor, produce monstruos. Ese ramalazo en seco que te mantiene despierto por las noches pensando, no en tu obra, si no en la obra, ideas o actitudes de alguien más. Tu concentración se dirige a detectar el fallo en esa novela que salió antes que la tuya, a revisar detenidamente el defecto en esa voz narrativa que es mejor que la tuya, a enumerar las distintas razones por las que ese escritor ha logrado lo que ha logrado: desde becas, viajes, invitaciones, publicaciones, más likes en Facebook que tú. Esa envidia que en cualquier momento se convierte en odio arrastra a la víctima durante años o meses y lo aleja de su propia obra.

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Nótese la diferencia entre alguien con una vida literaria sana y alguien que no: el primero seguirá escribiendo, publicando, obras menores, medianas o grandes, y al final habrá dicho lo que debía decir: bien o mal; por otro lado, el segundo, se estancará. Sus conceptos críticos se ampliarán, sus lecturas respecto a lo que la obra del Otro “no es” se especializarán, y será capaz de hacer largos ensayos mentales (o escritos) sobre la obra del Otro, sobre su no trascendencia, y sobre los distintos engaños que lo sustentan. Éste se convertirá en un paladín de los lectores, de la literatura, de la cultura: condenará a los malos y ponderará a los buenos (generalmente algún amigo suyo poco visible u olvidado), creyendo que al rescatar la obra de alguien pequeño o mediano lo consagrará, a él, como grande.


Esa envidia que en cualquier momento se convierte en odio arrastra a la víctima durante años o meses y lo aleja de su propia obra.


Sin embargo, también, esa envidia literaria inicial puede disparar un fenómeno que, aunque peligroso, ha rendido frutos a lo largo de la historia del hombre: la competencia literaria. Recuerdo que cuando aprendíamos a escribir en el taller de Daniel Sada (1999-2003), muchas veces lo que nos mantenía en pie es que el Otro presentaba avances luminosos, hermosamente escritos, llenos de densidad, inteligencia e intuición. A comparación, tu fragmento era una mala broma. Podías atribuírselo al talento (la peor cualidad para un novelista: la que lo salva pero también la que lo mata), la dedicación, la suerte, lo que sea, pero era mejor que tú. Así, una semana antes de la siguiente sesión, la permanencia en tu tema, tus personajes pero, sí, la idea de ser mejor que el Otro (en mi caso: Isaí Moreno, Eduardo Montagner, Carlos Ríos, Álvaro Hernández, Mely Arellano, que son, siempre, mejores que yo) eran el motor para continuar e intentarlo una u otra vez. Curiosamente, a veces, lo lograba y entonces, veía sus caras de admiración y de envidia literaria ante el hecho de que, al menos una vez, lo había dicho como debía decirse. Y eso era todo: la bola de nieve se iniciaba y ya sería problema de ellos intentar ser mejor que yo la siguiente vez. En esa etapa primaria es más o menos fácil saber quién es mejor que otro. ¿La razón? Ninguno (por eso se es escritor principiante) ha desarrollado a cabalidad todos los elementos que sólo el tiempo, el trabajo, y la observación del talento dan. Éramos diferentes pero, al leerlo, se sabía, es una cosa que se huele, quién había roto todas las expectativas, los límites y presentaba el texto más luminoso. Como niños, simulábamos la condición de la literatura norteamericana: esa persecución inútil y, quizá, inconsciente que se representaba en esta ecuación: un año el National Book Award era para Philip Roth y el siguiente año para Don DeLillo y así hasta el infinito que da como resultado, entre la pluralidad y la diferencia de mundos y voces, una de las literaturas más vitales hoy en día.

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Eso sí: la madurez como escritor, entre otras cosas, destruye la envidia literaria. “No envidio a nadie, solamente admiro o ignoro”, nos decía Daniel Sada en su taller. Cuando estás seguro de tu escritura y de lo que publicas (falsamente seguro, al menos) los libros que aparecen a tu alrededor ya no cuentan como derrotas o triunfos, más bien son posibilidades enormes que fortalecen a la literatura. Como escritor, y lector, siempre debes desear que a tu lado, enfrente, en todas partes, haya libros extraordinarios, que nieguen, respalden o ignoren tu obra y tu tradición literaria.

Tampoco hay que sentir nada respecto a quienes ni siquiera con los años o la experiencia han alejado a la envidia literaria de ellos. Aunque podamos atisbarlos en las redes sociales o en algún texto más formal, hay que mantenernos alejados. Quizá usar un telescopio (uno nunca sabe de dónde puedes rescatar un personaje literario o un motivo), pero nunca desear lo mismo que ellos, o asumirse justiciero de nada más que del tiempo de tu escritura y de los obstáculos que se atraviesen para completar tu obra.

Y nada más.

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