Gissel Santander Soto June 25, 2016

Babel

La semana pasada tenía una cita en la zona de los Fuertes de Loreto y Guadalupe, ícono turístico de la ciudad, actual residencia del megaproyecto del tan cuestionado y polémico teleférico. Como mala poblana y tras las múltiples remodelaciones y cambios realizados en la zona, me perdí. Mientras intentaba encontrar la lógica de la circulación, mi retraso a la cita era inminente. Me topé con una patrulla con las iniciales PE (policía estatal), sin pena la detuve y por suerte me acompañaba una amiga, que aquí entre nos, está de muy buen ver. Enseguida los policías se percataron de este detalle. Antes de que terminara de explicarles hacia dónde me dirigía, amablemente me invitaron a seguirlos. En menos de tres minutos y dos retornos corregimos el curso y llegamos a mi destino. Una vez más me acerqué a la ventanilla de la patrulla para darles las gracias. Ellos por su parte me ofrecieron estacionarme en un lugar prohibido  “a esa hora no me iban a quitar la placa”, pues estaban seguros de que éramos un par de turistas que sólo iban por la foto y entonces con una sonrisa, rara en cualquier individuo que maneje un automóvil rotulado por el Estado, llegó la pregunta para resolver sus dudas ¿de dónde nos visitan? A pesar de que mi vehículo luce las  placas con el flamante logo del morenovallismo,  respondimos que somos dos simples mortales oriundas de esta ciudad. De inmediato la sonrisa se les borró del rostro y sin más siguieron su camino.

Mis conclusiones sobre esta escena y después de tener una larga experiencia recogiendo mis placas, rogándole a todo tipo de patrulla que no se las lleve, que sólo voy a bajarme a dejar algo, que estoy esperando por alguien, entre otras tantas excusas que nos ingeniamos los automovilistas, entendí que ser mujer ir arreglada, circular como turista en una zona atractiva, resulta un completo beneficio. Entonces, ser mujer en Puebla, uno de los estados con altos índices de violencia contra la mujer, más de 40 feminicidios en lo que va del año, con más pueblos mágicos y uno de los destinos más importantes para el turismo cultural en nuestro país, a veces es bueno. Me queda claro que en esta ciudad se cuida y se es amable con el turista, que mientras te vean bonita y sonriéndole a los policías estás segura. Nada que ver con el trato o mal trato que podríamos recibir como ciudadanos domingueando en fachas o denunciando acoso a cualquier hora del día en una calle común y corriente.

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