Multitud July 22, 2016

Por: Jacinto Rodríguez Munguía


El poder en México no está concebido para sentir

vergüenza ni para pedir perdón por lo que hace…


¿Por qué resulta inusual y hasta sorprendente escuchar de un presidente mexicano estas dos palabras “vergüenza” y “perdón”?
Porque en las reglas básicas de la práctica del poder en la historia, las palabras “vergüenza” y “perdón” son por sí mismas inusuales. No existen como categorías para la reflexión y menos como valores morales o éticos desde donde se evalúen decisiones y actos políticos. El poder en México no está concebido para sentir vergüenza ni para pedir perdón por lo que hace. De ahí que cuando esas palabras aparecen en el lenguaje político o de los políticos, sean cuales sean las causas, es inusual y hasta sorprendente.

Segundo, porque la palabra “perdón” corresponde al mundo espiritual, totalmente alejado del discurso y los actos del poder, al menos del que por décadas se ha ejercido en México.
Enrique Krauze decía en el programa de Ciro Gómez Leyva que el perdón de Enrique Peña Nieto era un mensaje que buscaba tocar el corazón de los ciudadanos. Me atrevería a decir que más que tocar el corazón, intentaba tocar el alma (donde “radican” los actos de la bondad humana), porque el perdón tiene que ver con los sentimientos de humildad, de sencillez, de compasión. El corazón está más en el terreno de lo sensiblero, aunque es muy posible que tenga más sentido lo que dice Krauze.

Tres. Porque los hombres del poder, al menos los del sistema político priista, no suelen gobernar con las herramientas que da el espíritu. ¿No fue de uno ellos, del gobernador Gonzalo N. Santos, aquella frase de que la “moral era un árbol que daba moras”? Supongo que de ese árbol es donde se dieron los Moreiras, los Duartes, los Echeverría, los López Portillo y una inmensa lista de nombres de políticos priistas que hicieron de la corrupción una forma de vida. Esa es la sangre que corre por las venas del sistema en mexicano.


¿Por qué resulta inusual y hasta sorprendente escuchar de un presidente mexicano estas dos palabras: “vergüenza” y “perdón”?


Porque en las reglas básicas de la práctica del poder en la historia, las palabras “vergüenza” y “perdón” son por sí mismas inusuales. No existen como categorías para la reflexión y menos como valores morales o éticos desde donde se evalúen decisiones y actos políticos. El poder en México no está concebido para sentir vergüenza ni para pedir perdón por lo que hace. De ahí que cuando esas palabras aparecen en el lenguaje político o de los políticos, sean cuales sean las causas, es inusual y hasta sorprendente.

Segundo, porque la palabra “perdón” corresponde al mundo espiritual, totalmente alejado del discurso y los actos del poder, al menos del que por décadas se ha ejercido en México.
Enrique Krauze decía en el programa de Ciro Gómez Leyva que el perdón de Enrique Peña Nieto era un mensaje que buscaba tocar el corazón de los ciudadanos. Me atrevería a decir que más que tocar el corazón, intentaba tocar el alma (donde “radican” los actos de la bondad humana), porque el perdón tiene que ver con los sentimientos de humildad, de sencillez, de compasión. El corazón está más en el terreno de lo sensiblero, aunque es muy posible que tenga más sentido lo que dice Krauze.

Tres. Porque los hombres del poder, al menos los del sistema político priista, no suelen gobernar con las herramientas que da el espíritu. ¿No fue de uno ellos, del gobernador Gonzalo N. Santos, aquella frase de que la “moral era un árbol que daba moras”? Supongo que de ese árbol es donde se dieron los Moreiras, los Duartes, los Echeverría, los López Portillo y una inmensa lista de nombres de políticos priistas que hicieron de la corrupción una forma de vida. Esa es la sangre que corre por las venas del sistema en mexicano.

Existen otros elementos que no pueden dejarse de lado cuando se cruzan y aparecen esas inusuales palabras en los discursos políticos.
Por ejemplo, el perdón y sus tiempos. Si el perdón al que alude Peña Nieto tiene que ver con un acto moral-espiritual y no de cálculo racional-político, se tardó mucho. Debió haberlo manifestado de inmediato, cuando la información sobre la propiedad familiar en cuestión, mejor conocida como la Casa Blanca, estaba siendo revelada por Carmen Aristegui, Daniel Lizárraga, Rafael Cabrera, Irving Huerta y Sebastián Barragán. Por lo menos.

Mientras más tiempo pase, el arrepentimiento y una de sus consecuencias, el pedir u otorgar perdón, se convierte en un asunto de cálculo político. La nobleza del espíritu da paso a la dura razón y entran en juego valoraciones sociales, y en este caso, políticas. Mientras más pasa el tiempo, la fuerza de pedir y otorgar perdón se diluye.

¿Cuánto tiempo dejó pasar Peña Nieto, cuántos meses? No imagino que haya vivido todo ese tiempo sumido en el desgarramiento de los personajes de Dostoyevski, en madrugadas sin dormir, para, luego de ese largo calvario, reconocer que la única salida para aliviar su angustia era pedir perdón.


En este caso, las razones que lo han orillado a pedir perdón tienen que ver con los cálculos políticos, con los efectos negativos en los resultados electorales por casos como la Casa Blanca, o los altos niveles de corrupción de personajes como el gobernador de Veracruz, Javier Duarte, o de Humberto Moreira. Larga es la lista.


Experto en mensajes encriptados, Manlio Fabio Beltrones decía en su renuncia a la dirigencia del PRI hace unas semanas que en las pasadas elecciones los ciudadanos “habían dado un mensaje a políticas equivocadas y a políticos que incurrieron en excesos porque no tuvieron conductas transparentes”. Claro, sin decir nombres y sin mencionar esa palabra proscrita en el lenguaje priista: corrupción.

Por ahí, me temo, están las raíces del perdón presidencial. Si en las recientes elecciones el PRI no hubiera tenido los resultados adversos, ¿estaríamos escuchando esas inusuales palabras?
Me cuesta mucho creer que eso habría ocurrido. Si algo identifica a los políticos, y en particular a la clase priista (que igual habita en verdes, amarillos, azules, morenos y demás), es la soberbia.
Esa misma soberbia que fue haciendo de la corrupción parte del sistema político mexicano. Decir PRI fue sinónimo de corrupción. Estar en el PRI, formar parte del PRI, fue y ha sido para muchos el camino fácil al enriquecimiento. La corrupción ha sido el aceite que engrasa todavía la pesada y oxidada maquinaria del poder político.

No hay una historia de un presidente que no esté salpicada por el enriquecimiento ilícito. El sistema político mexicano inventó su propio lenguaje para legitimar sus actos. El profesor Carlos Hank González dijo que “un político pobre es un pobre político” y otro renombrado priista acuñó la de que “vivir fuera del presupuesto (público) es vivir en el error”. “Vivir” en ese lenguaje significaba vivir en la abundancia y la riqueza, sin importar cómo se obtenía. La corrupción se convirtió en una forma de vida.

No, no es un asunto de pedir perdón ni de crear más leyes y más instituciones. En el mundo espiritual, que es donde habita el perdón, nada funciona mejor que el ejemplo. Las leyes y las instituciones no serán mucho, señor Presidente, sin el ejemplo de usted y su familia, de sus colaboradores, sus compañeros gobernadores.

Sólo con el tiempo podremos decir si el perdón que pidió a los mexicanos era cierto. Para mí, no es más que un acto político.

Pero si este “perdón” fuera, en efecto, resultado de un proceso de conversión (inusual en casi todos los hombres del poder), me parece que debería ir haciendo, señor presidente, una lista más amplia de los otros pendientes en los que en nombre del Estado debería pedir perdón. Estos son nada más algunos:

  •  Por la masacre del 68.
  • Por los desaparecidos de la Guerra Sucia de los años 70.
  • Por los desaparecidos en los años de la guerra contra el crimen organizado.
  • Por los millones de pobres que han muerto, precisamente, por la corrupción de sus antepasados políticos.

La historia se puede cambiar. ¿Lo hará?
Mi parte espiritual me dice que debería creerle. Mi razón me dice que no.

Bestiario
¿Y cuándo, señor secretario de Gobernación, dará la orden de reabrir a la sociedad los archivos de la DFS?

Enrique Peña Nieto, presidente de México, durante promulgación de leyes anticorrupción / Foto: página web de la presidencia de la república.
Enrique Peña Nieto, presidente de México, durante promulgación de leyes anticorrupción / Foto: página web de la presidencia de la república.

Este artículo se publicó originalmente en la revista EmeEquis. Agradecemos la autorización de su autor para su publicación.

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