Multitud January 23, 2017

 

Una tarde protesta en la CDMX. Entre troskistas, panchos villas, colectivos de migrantes, así recibieron a Donald Trump, al que volvieron monigote y piñata.

Por Francisco Robles. Fotos: Francisco Robles.

Ciudad de México. Al mediodía en la Embajada de Estados Unidos sobre el Paseo de la Reforma, avenida inundada de franquicias y tiendas con nombres en inglés que aparecieron con el TLC, la gente empezaba a reunirse para protestar contra el gobierno de Donald Trump frente a unas grandes rejas azules que rodean el edificio norteamericano.

Entre los primeros en llegar se destacaba la activista Julia Klug, quien vestía un uniforme que recordaba a los prisioneros de los campos de concentración nazi; Klug se había vestido para recibir a Trump, de su pecho colgaba una banderola de México cruzada por una cadena.

Montada sobre las rejas azules, una manta plastificada con el retrato de Trump, de Hitler y un foto-montaje en el que Enrique Peña Nieto, el único presidente en todo el planeta que invitó durante la campaña electoral a Trump a su casa de gobierno, besaba al novel presidente de Estados Unidos.

Más adelante, sobre las rejas, había pequeñas banderas estadounidenses con las leyendas: “No más guerras”, “No deportaciones”, “No racismo”, “Respeto a los Derechos Humanos” y algunas cartulinas aludiendo a la política belicista de Washington y la necesidad de luchar por la paz mundial.

Al otro lado del carril central, cerca del Ángel de la Independencia, empezaban a reunirse otros colectivos, principalmente de personas con familias migrantes “del otro lado”.

Un joven ponía cinta de emplaye entre dos postes y empezaba a graffitear sobre ella lo que parecía un copete güero.

Hacia la glorieta del Angel había una mujer vestida de charra roja cantando letras sobre la importancia de la nutrición, la verdad, nunca entendí porque las razones de su canto.

Crucé a la glorieta y al lado de la charra roja, había una enorme manta blanca donde se leía “Por la Huelga de Hambre”. Momentos después apareció un pequeño grupo de cuatro personas con una manta plastificada negra con un gran ¡NO! de color naranja acompañado de un texto en letras blancas: “¡En nombre de la humanidad nos NEGAMOS a aceptar a un Estados Unidos fascista!” mientras dos personas más cargaban una bandera estadounidense, con sus trece franjas horizontales rojas y blancas pero en lugar de las cincuenta estrellas blancas, 11 esvásticas. El reloj del celular marcaba la 1:48 de la tarde.

***

Frente a la Embajada varios medios de comunicación montaban sus cámaras para la transmisión en vivo, uno de los periodistas le dijo a su colega camarógrafo “están en Wasghington, en cinco minutos entramos”. A las 2 de la tarde el grupo de personas que llevaban la bandera estadounidense, svásticas en lugar de estrellas, empezaron a corear: “Trump fascista, abajo con el sistema imperialista”.

Se colocaron frente a la reja azul de la emabajada, uno de ellos saca alcohol, la rocía y le prende fuego. Al tiempo que la gente entonaba el estribillo de protesta: “Trump fascista, abajo con el sistema imperialista”.

Me alojé en el Drip, un café cercano en la calle de Río Lerma. Pedí una extracción fría con leche, un concentrado de café de 12 horas, muy bueno para recuperar energías y más bajo ese abrazador sol del invierno chilango.

Mientras esperaba a que me sirvieran la orden, platiqué con Santiago, un chico de 23 años: “¿Qué tal se puso allá?”, me preguntó al tiempo que ladeaba la cabeza señalando hacia Reforma, “¿Allá donde?” le respondí, “Pues en la embajada” me dijo, mientras Vanesa, la barista del café, me pasaba un vaso de plástico con hielos, le dí un gran trago y le respondí, “bastante tranquilo, aún no ha llegado toda la gente, la convocatoria es a las 4:00 pm”.

Saqué uno de mis delicados sin filtro y al momento que lo voy a encender, Santiago pone una cara de disgusto: “Marchar no sirve para nada, ¿ya no saben que más hacer?”

Encendí mi cigarro y le dí una fumada. Quizá Santiago tenga un poco de razón, las marchas ya no son suficientes cambiar el país.

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A las 3 empezaba a llegar más gente, al otro lado de la Embajada donde estaban los familiares de migrantes, el graffitero había terminado de dibujar sobre el emplaye y el copete güero se había convertido en un Trump con pequeños colmillos, a sus pies, un Peña Nieto de copete verde en una clara postura de sumisión que cargaba a sus espaldas la frase: “Fuck Trump”.

Llegó un contingente bastante grande, mujeres y hombres con playeras rojas, al frente con el rostro de José Doroteo Arángo, mejor conocido como Pancho Villa; en la espalda con letras blancas el nombre del barrio al que pertenecen.

Llevaban banderas rojas que al ondear desplegaban las siglas del FPFVI (Frente Popular Francisco Villa Independiente), una organización de masas con presencia en el Oriente de la ciudad, específicamente en la delegación Iztapalapa. Llegaron a la concentración acompañados de una camión gris desde el cual se escuchaban las palabras de un orador, (que después pude notar, hablaba desde la calle entre el rojo contingente), el camión intentó meterse por el sentido contrario de Reforma, pero agentes vestidos de civil, lo detuvieron y convencieron al conductor que diera la vuelta por el sentido correcto.

Las marchas en México además de ser un momento en el que distintas organizaciones y colectivos aprovechan para expresar su indignación, también devienen en mercado ambulante.

Al tiempo en que la gente avanza, se pueden encontrar triciclos en los que se venden tacos de canasta; los famosos sueros, bebida a base de limón, chile piquín, hielo y el refresco a elegir. También hay comerciantes que venden banderolas con las insignias de las principales universidades públicas de la ciudad (UAM, UNAM, IPN), banderas mexicanas no tricolores, sino blancas y negras, sombreros, paraguas o impermeables según sea la ocasión. Al principio de la marcha y al llegar al punto final, sobre el piso se extiende variopinta mercancía, desde aretes, pulseras, blusas bordadas a mano, playeras con la efigie del Che Guevara y discos de música y documentales con contenido de crítica social. Las manifestaciones, son pues, una oportunidad para que aquellas personas que se dedican al comercio “informal” puedan obtener una ganancia económica.

A las 4 de la tarde empezaron a reunirse más colectivos, escuché un tambor que estaba acompañado con una voz que gritaba -¡Fuera sionistas de Palestina, fuera la OTAN de Kurdistan!-.

Los demás contestaban a coro; eran los jóvenes del Movimiento de Trabajadores Socialistas (MTS) que se reivindican Trotskistas, es decir, siguen la doctrina de la Revolución internacional acuñada por el revolucionario soviético León Trotski que se oponía a la visión de “socialismo en un solo país” de Joseph Stalin.

En una escena carnavalesca, tres jóvenes animaban un gran títere de Trump, el que lo sostenía de la mano izquierda llevaba una máscara de Obama, el que lo sostenía de la mano derecha portaba una máscara de Hillary Clinton y otro más los acompañaba con una máscara de Peña Nieto. De nuevo, el tambor pero con una consigna distinta “Ni una gota de petróleo, ni un peso a la deuda externa, a los yankees, los ingleses, los sionistas y sus guerras”.

De pronto, la gente empezó a acomodar frente a las rejas azules cajas de huevo pintadas de gris, nunca supe de donde salían, las cajas que simulaban bloques, que tomaban la forma de un muro, en el borde alguien colocaba una piñata que emulaba a Donald Trump.

Un orador, representante de uno de los colectivos que integran la Organización Nacional de Poder Popular (ONPP) tomó el micrófono y anunció “los pueblos del mundo hoy representados aquí, vamos a derribarlo y vamos a quemar a Donald Trump, en este momento a todos los compañeros que quieran acercarse”, da la cuenta de tres y algunas personas empiezan a derribar el muro.

El monigote de Donald Trump cayó al piso mientras alguien lo rociaba con un pequeño bote como los utilizados para rellenar encendedores, al tiempo, la prensa y demás personas se empezaron a empujar para obtener una buena toma del “linchamiento”. Sentí el calor que se expedía se iba consumiendo en cenizas el “Donald Trump”.

Salí del círculo y noté que los distintos contingentes formados por el FPFVI y MTS se dirigían hacia el Zócalo, ya llevaban un trecho avanzado, corrí para alcanzarlos a la altura del monumento a Cuauhtémoc en donde hacen intersección Avenida Insurgentes y Avenida Reforma. Al contingente se había unido la Asamblea de Barrios, más adelante, un grupo de mujeres jóvenes marchaban con una manta pintada de morado que tenía escrito en blanco “Pan y Rosas”, con el signo femenino con el puño izquierdo en alto, al lado de ellas marchaba el MTS, el contingente lo encabezaban los Panchos Villas Independientes que avanzaban con el camión gris había intentado meterse en sentido contrario.

Al pasar al lado del (anti)monumento que conmemora a los 43 normalistas desaparecidos de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, Guerrero, se hizo la cuenta de los 43, al final, gritaron ¡justicia!, otros, ¡venganza!

Al entrar al Paseo Juárez de los altavoces del camión salía una voz que exhortaba “Ciudadanos, los invitamos a que nos acompañen a marchar hacia el Zócalo, nuestra lucha es sin partidos y buscamos organizarnos en asambleas ciudadanas, organícense en sus barrios y escuelas, es momento de estar unidos para derrocar a un gobierno asesino”.

Casi a las 6:00 pm la vanguardia ya cruzaba Eje Central, giraba al norte para entrar por el este al Zócalo, por la calle 5 de Mayo. Mientras avanzaba la marcha, distintas personas tomaban el micrófono para gritar consignas, uno más, decía “qué bueno que los negocios están abiertos y que la gente está trabajando, nuestra lucha es pacífica, qué no les mientan el gobierno, Televisión Azteca y Televisa, nosotros no somos los que hacen los saqueos, somos estudiantes, trabajadores, amas de casa, adultos mayores que quieren un mejor país para todos, únanse a la marcha”- para después gritar “¡El pueblo consciente, se une al contingente!”

Al dejar 5 de Mayo la marcha ingresó a la plaza de la Constitución, el Zócalo cercado con unas vallas metálicas, no muy altas, pero que impedían el paso a la plaza central. Por un lado de Catedral allí el contingente saludaba a Marco Antonio Castellanos, quien desde el 11 de enero se encuentra encadenado a las afueras de la Catedral realizando una huelga de hambre en protesta a la situación que padece el país.

Frente a Palacio Nacional, nuestro “Muro de los Lamentos”, allí se estacionó el camión y se anunciaba que se realizaría una pequeña asamblea ciudadana, en la que quien quisiera participar con propuestas concretas, tendría dos minutos para hacerlo.

Ya había caído la primera hora de la noche y los oradores subían al techo del camión para convertirlo en un templete, desde allí gritaban consignas, invocaban a los espíritus revolucionarios pero nunca llegaban las propuestas.

De pronto, entre odas a Lenin y mentadas de madre al capitalismo, alguien me agarró del hombro, volteé, era un señor como de 1.50 de altura, nariz aguileña, rostro bastante arrugado y con una mancha blanca en el ojo izquierdo, una catarata. El hombre vestía playera blanca, sudadera azul y pantalón de mezclilla, en su mano izquierda llevaba una bolsa de plástico, pude notar que dentro de ella había un cuaderno. Con un leve aliento alcohólico me dijo “Me gustaría que le dijera a los jóvenes que están viendo el fruto pero no el árbol, Peña Nieto es solamente un fruto, hay que cortar el árbol”.

Mientras tanto, el camión que servía de templete arrancó y un grupo de jóvenes formaban un círculo en torno a la cabeza del títere de Trump que habían llevado los trotskistas del MTS, una vez más, el presidente entrante de Washington era “linchado”, volteé y le pregunté su nombre al señor que me había tocado el hombro: “Teresio Alejandro”.

Le respondí con mi nombre y lo invité a cenar al café “El Popular”. Entrando al café, tomamos asiento y antes de ordenar me dijo: “Para los blancos yo soy un vago, para los rojos yo soy un lumpen, yo más bien me considero un bohemio, que aunque borracho amo la vida y si me permite hablarle bíblicamente no solo de pan vive el hombre, sino que necesitamos de otros dos alimentos, el intelectual y espiritual”. La marcha terminó con una grata conversación.


El monigote de Donald Trump cayó al piso mientras alguien lo rociaba con un pequeño bote como los utilizados para rellenar encendedores, al tiempo, la prensa y demás personas se empezaron a empujar para obtener una buena toma del “linchamiento”. Sentí el calor que se expedía se iba consumiendo en cenizas el “Donald Trump”.

 

Protesta Trump 03 (Web)

 

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