Temporada de Huracanes de Fernanda Melchor: Esta no es una reseña literaria

on June 30 | in Culturas, Mujeres | by | with No Comments

Fernanda Melchor descubre la violencia del trópico y arrasa con las visiones bucólicas de Veracruz en su nueva novela Temporada de Huracanes.

Por Celina Peña

Fotos: Ángel Franco

Esta no es una reseña literaria, ni pretende serlo, aunque a decir verdad, el día que fui a la presentación de Temporada de Huracanes en el café de la librería Profética, mis expectativas de lectora fueron superadas y vaya que eran altas. Mis queridos amigos, Jaime Mesa y Yussel Dardón, serían los presentadores del libro de la escritora veracruzana, Fernanda Melchor.

Llegué tardíamente a buscar una buena mesa a eso de las seis de la tarde, casi hora y media antes de la presentación, de hecho la busqué con la mirada, sin éxito, mientras el patio donde se suelen hacer las presentaciones comenzaba a llenarse.

Melchor es autora del libro de crónicas "Aquí no es Miami" publicado en 2013.

Melchor es autora del libro de crónicas “Aquí no es Miami” publicado en 2013.

 Había leído algunas reseñas y críticas sobre Melchor, más por informarme, y por la posible entrevista que tendríamos, que por saber del libro. Durante la presentación, afortunadamente, no pude escuchar nada a causa de lluvia y de distracción personal, lo cual acepto, fue positivo porque cuando llegué a la lectura definitivamente fue un deleite.

Gracias a la invitación del escritor poblano, Jaime Mesa, al final de la presentación conviví un poco con Fernanda, hojeó el periódico Multitud y conversamos un poco acerca de nuestro proyecto, acerca de lo peligroso que es el periodismo  en México y del compromiso que requiere denunciar “el pan de cada día” de nuestro país; intercambiamos ideas sobre lo que será la agenda periodística después del asesinato de nuestro amigo Javier Valdez Cárdenas, fundador de Río Doce, el pasado mes de mayo y conversamos sobre algunos amigos en común, que justo ese día estaban organizando con Horizontal una propuesta de protección de periodistas desde el ámbito nacional.

Pero en ningún momento hablamos de Temporada de Huracanes. Ella muy cordial intentaba convivir con los congregados a la mesa de lo que fue una maravillosa velada.

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TEMPORADA DE HURACANES

Temporada de Huracanes sin duda texto que maneja un lenguaje con fuerza, cuidado, sin remordimientos, sin ser mojigato, y ante todo plasmado de la territorialidad latinoamericana, fue lo primero que me llegó a la mente desde las primeras líneas. Magistralmente narrado sin descanso, con un ritmo vertiginoso y elocuente.

Una voz narrativa fuerte, tajante, que denuncia de la manera más sórdida que el lector pueda imaginar. La fortuna de no ser literata y de saber que Melchor también es periodista, me llevó a pensar en las miles de formas en cómo pudieron ser contadas ocho historias que se engarzan entre ellas y que nos colocan en cualquier parte de América Latina, y que sin duda, en Temporada de Huracanes están contadas de la mejor manera en que se pudieron contar.

Casos que denuncian no sólo la violencia social que ha permeado cada rincón del estado de Veracruz, sino la violencia simbólica que pulula como mosca sobre un cadáver de esos que aparecen tirados en Cardel, en Alto Lucero, en Paso del Bote, Paso del Macho o Palo Bendito, de lo que fue algún día el paraíso del golfo de México.

La identidad de lo latinoamericano está presente en Temporada de Huracanes y nos recuerda que estas historias están llenas de arraigo, que pudieron bien ser contadas desde El Callao, Canudos, Cuevano o Macondo. Uno se puede dar el lujo de imaginar y casi oler los cañaverales de Veracruz, el guiño además con un territorio que Fernanda conoce bien en el rejuego de nombres, y en otros guiños literarios que me hacían soltar una sonrisa de cómplice cuando describía los sitios que me recordaban lejanamente mi infancia, cuando a mis tres años observaba por la ventana de la casa de mi abuela en El Viejón a mi madre alejarse, o años más tarde cuando disfrutaba de los recorridos por el río, los paseos a caballo y la visita obligada a la playa de Villa Rica y las ruinas de Quiahuiztlan.

Ese arraigo local que la novela regala muestra el enorme trabajo de investigación y cercanía de la autora con la tierra, para encontrarse esas voces, esos rostros esos parajes y esos olores; hasta juega con la “italianidad” de los campesinos de esa zona, que se desviven en la remembranza de sus antepasados de la Italia del norte y que presumen de los apellidos hoy bastante pueblerinos como el de mi abuela italomexicana: Lendechi, como medio pueblo se apellida.

La escritora no repara en bagatelas y nos da un recorrido por los pozos petroleros donde evidencia la apócrifa, irónica y casi envidiable idea de que el petróleo trajo a estos pueblos el progreso y el bienestar. Claro, sin olvidar que “el progreso” llevo consigo el sida, los burdeles, la prostitución, la marginación, los asaltos e incrementó el alcoholismo, cualquiera lo puede negar, a menos que se hagan investigaciones de geografía humana que demuestran que el “progreso industrial” va bien agarradito de la mano de los males de las ciudades superficiales construidas a prisa y sin miramientos para albergar al “progreso” industrial que llega de todos los rincones del país, invadiendo el imaginario local del campesino, del trabajador y el pescador veracruzano.

Las cosas han cambiado en las costas del Atlántico ya no son cómo las recuerdo, el común denominador es el homicidio, la extorsión y la trata de personas, en crónicas de vida, como las que refiere Melchor en su novela. El relato de una bruja, o brujo asesinado por un grupo de jóvenes, puede ser sobre cualquier nota periodística de un curandero de los que han matado en la región, un cuerpo tirado en el río como muchos de los que cada día aparecen en lo que hoy llamamos la “fosa común más grande de México”.

Melchor es capaz de desnudar en su obra, cada personaje de su novela, no se queda en la denuncia simplona o en el texto apurado de las redacciones periodísticas que nos convierten en “obreros de la tecla” y que nos obligan a entregar cuatro notas de 4000 caracteres antes de las cinco de la tarde, sin preocuparnos en quién era el agresor o la víctima y qué cosas tuvieron que pasar para que la violencia se desatara y tomara las riendas de nuestro país.

En ocasiones la lectura me era incómoda al imaginar cómo una niña puede sentirse culpable por ser la amante de su padrastro y llena de culpa desear morir, si fuera una historia más, sacada de una junta de Alcohólicos Anónimos. Durante la lectura uno logra comunicarse con cada personaje como el hijo de una prostituta que encuentra en la mentira algunos resquicios de amor y que por ese amor es capaz de ser homicida.


En cada trozo de la vida social, de los recovecos

más alejados y más cercanos de Veracruz,

la reproducción social está latente… 


Temporada de Huracanes, nos devela ante la tempestad de la violencia, desde el lenguaje sonoro de los personajes, desde la propia voz de su narrador, para mí que Veracruz es mi segunda casa. En ocasiones me hacía pensar en los trailers estacionados sobre la carretera del pueblo de mi abuela, en otros era su propia voz la que me seducía y en otros me recordaba que el lenguaje grotesco, homofóbico y machista no es más que el reflejo de una sociedad que así habla, así piensa y así vive.

En cada historia magistralmente narrada cometía el pecado de imaginarlas desde el metatexto, desde el habitus de cada grupo social y de cómo la violencia simbólica está presente en las narraciones y en la propia vida de los veracruzanos. Me pregunto entonces: ¿qué pasa en la vida de un joven cuya madre es una “mocha recalcitrante”, mientras su corazoncito heterosexual late por su amigo el de la “buena suerte” que al mismo tiempo lleva “vida de perro”?, ¿por qué querer matarlo? No sin antes convencerlo de asaltar a una bruja de la localidad, ¿en realidad es la codicia de un tesoro escondido en alguna parte de su covacha o es la respuesta a estos comportamientos burdos, de seres humanos violentados?

La escritora desmitifica la visión idílica del trópico veracruzano.

La escritora desmitifica la visión idílica del trópico veracruzano.

Recientemente he leído dos textos que me han impactado y que de alguna manera me permitieron una lectura diferente del valiente libro de Melchor, el artículo “Violencia y transformación del habitus periodístico en Veracruz: caso Notiver (2011-2013)”, de Guadalupe H Marl. Y un reportaje de National Geographic “Anatomía de una masacre: Cómo Estados Unidos desencadenó una matanza en México” de Alejandra Xanic y Ginger Thompson, que evidencian, no sólo la impunidad, sino la incapacidad de una sociedad y de sus autoridades para frenar los destrozos de una tormenta que no acaba y que por lo tanto, no llega a nosotros la calma.

En cada trozo de la vida social, de los recovecos más alejados y más cercanos de Veracruz, la reproducción social está latente y no es que piense mesiánicamente en los fatalistas designios de Pierre Bourdieu, pero a leguas se observa que la situación simplemente no mejora, y no se mira para cuando cesará la lluvia.

En “Anatomía de una masacre” se describe como los pobladores de la pequeña ciudad de Allende miran con recelo a los recién llegados, a consecuencia de la llegada de narcotraficantes que primero se avistaron como ignotos generando la desconfianza de las familias, pero luego se fueron casando con las hijas, las amigas, las sobrinas hasta mezclarse con la población y llegar al punto de aparecer en las fiestas familiares, pero llegó el día en que masacraron a decenas personas por una absurda vendetta, Allende actualmente es un pueblo que modificó su entorno social, hoy plagado de delincuencia organizada dolor y miedo.


Temporada de Huracanes, es sin duda, un péndulo entre la literatura y periodismo nos muestra rasgos de una historicidad que los mexicanos quisiéramos obviar, como cuando volteamos el rostro ante los niños en situación de calle, pero no podemos negar que forman parte de nuestra historia reciente, tal y cómo en su momento, desde la nota informativa, la crónica, la foto o el reportaje nos lo mostraron los periodistas asesinados en Veracruz e incluso aquellos que aún luchan por un periodismo social, objetivo y cercano a la gente; y que como Melchor advierte, algunas de sus historias se inspiraron en estas denuncias periodísticas.

Hoy más que nunca me retumba en la mente la idea que alguna vez escuché en mis clases de historiografía y que refuerzan la del historiador francés Jacques Le Goff, sobre el periodismo como fuente de la historia, como parte del documento monumento, y que no deja lugar a dudas de que “los periódicos son la noticia del hoy, la basura del mañana y la historia del futuro”.

La literatura que nos descubre Fernanda Melchor nos da un paseo por los vericuetos de la historia, del cuento, de la narrativa pero sobre todo de nuestras propias cuitas, las de nuestros vecinos y parientes.

Uno puede ponerse pudoroso ante las palabras y peor aún de los pensamientos de los personajes de Temporada de Huracanes, pero acaso no ese erotismo crudo, cruel y violento, aquel con el que se convive diariamente, en las casa humildes de niñas desprotegidas porque sus madres están trabajando, o de madres en busca de una migaja de amor, es el común denominador de la vida real, de los amores violentos y feminicidas, de una sociedad de indolente que se “coge” así misma sin si quiera reparar en el color de sus calzones, porque así se habla, así y peor así se vive. (M)


La literatura que nos descubre Fernanda Melchor

nos da un paseo por los vericuetos

de la historia, del cuento, de la narrativa,

pero sobre todo de nuestras propias cuitas,

las de nuestros vecinos y parientes.



 

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