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Canoa más allá del mito

on August 11 | in Arca de Ideas, Culturas, Estado, Sociedad, Sujetos, Uncategorized | by | with No Comments

Por Elsa Arce

Fotos por Ángel Franco


“Al hacer una búsqueda rápida por internet, los resultados que aparecen sólo hacen referencia al suceso que ha quedado grabado de manera indeleble en la percepción que se hace del pueblo y de sus lugareños”


Cada vez que alguien menciona el nombre de San Miguel Canoa, una pequeña localidad ubicada al norte de la ciudad de Puebla, la primera referencia que uno tiene es el linchamiento ocurrido la noche del 14 de septiembre de 1968, cuando un grupo de trabajadores de la Universidad Autónoma de Puebla, pretendía ascender a la Malinche como excursionistas y fueron víctimas del ataque de los pobladores de la localidad. Se dice que este trágico acontecimiento fue instigado por el párroco de la comunidad, Enrique Meza Pérez, quien acusó a los trabajadores universitarios de comunistas, logrando que los habitantes de San Miguel Canoa ocasionaran la muerte de cuatro personas y dejaran a otras dos con heridas graves  y profundas secuelas psicológicas en los sobrevivientes.

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Al hacer una búsqueda rápida por internet, los resultados que aparecen sólo hacen referencia al suceso que ha quedado grabado de manera indeleble en la percepción que se hace del pueblo y de sus lugareños. Esta imagen se ha propagado a través de discursos periodísticos e incluso cinematográficos, teniendo como un claro ejemplo la película que dirigiera Felipe Cazals en 1975 y que ha servido como objeto de estudio de antropólogos, historiadores y literatos que ven en la historia de Canoa un retrato de la pobreza e ignorancia de un pueblo que ha sido satanizado a partir de ese suceso.

A 49 años del evento que esculpió en piedra la fisonomía de esta comunidad, es tiempo de asomarse a la historia de un pueblo que va más allá del linchamiento de 1968 y que al igual que muchas otras pequeñas localidades cercanas a la ciudad de Puebla, cuenta con un antiguo linaje que procede desde tiempos prehispánicos. De acuerdo con los cronistas coloniales como Diego Antonio Bermúdez de Castro y Miguel Zerón Zapata, el lugar donde está enclavado el pueblo de San Miguel Canoa era un asentamiento indígena descendiente de chichimecas, que tributaba al señorío de Cholula y que se encargaba de vigilar la frontera con el estado tlaxcalteca, ya que geográficamente colinda con el actual municipio de San Pablo del Monte, Tlaxcala.


“Los doce kilómetros que la separan de la ciudad de Puebla, ha permitido que la comunidad se mantenga en muchos aspectos fiel a sus costumbres y tradiciones, por lo que aún es posible escuchar a niños, jóvenes y adultos mayores hablando en “mexicano”, variante local de náhuatl”


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De acuerdo con estos mismos cronistas, a este pequeño caserío se le denominó San Miguel del Monte, a instancias de don Luis de Góngora, Chantre de la Catedral de Puebla, quien al visitar las faldas de la Malinche encontró el poblado y decidió ponerlo bajo la advocación del arcángel San Miguel, siendo hasta el presente, la imagen católica más venerada por los habitantes del pueblo. Se tiene noticia de que la construcción de la iglesia “viejita” data del año 1658, momento en el cual los indígenas canoenses tuvieron sus primeros contactos y desencuentros con los habitantes de la Puebla de los Ángeles, con quienes entablaron relaciones comerciales al ser los pobladores de San Miguel, productores de carbón, leña, maderas y pulque, todos bienes de consumo proveniente de la Malinche y que antiguamente se comercializaban en el Barrio de San Antonio de la ciudad de Puebla. Pero al mismo tiempo, entablando una serie de disputas con los españoles asentados en la región, quienes les quitaban parte de sus tierras, por lo que el pueblo se organizó durante los tres siglos de dominación colonial para defender su espacio geográfico e imaginario, llegando al presente con una imagen poco amistosa y que ha creado una leyenda negra alrededor de los pobladores de San Miguel, quienes permanecieron reacios hasta hace muy pocos años a abrir relaciones con la gente de otras latitudes.

Incluso la gente de San Miguel ha creado las condiciones necesarias para mantenerse cerrada en sí misma, ya que dentro de la comunidad se han instalado comercios que satisfacen las necesidades de los pobladores, pues existen clínicas, farmacias, supermercados, clubes nocturnos, funerarias, zapaterías, puestos de comida en los que se expenden desde gorditas hasta hot dogs y hamburguesas, sin dejar de lado los tacos de cualquier género. Este abastecimiento local se ve reforzado con la presencia del “tianguis del lunes”, que se asienta en la plaza principal y es el lugar donde las señoras de la comunidad se abastecen de ropa para toda la familia, de cobijas para contrarrestar el frío de la región, así como para adquirir trastes de peltre y barro, tinas y botes de aluminio, frutas, carnes, y más recientemente de aparatos electrónicos.

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Los doce kilómetros que la separan de la ciudad de Puebla, ha permitido que la comunidad se mantenga en muchos aspectos fiel a sus costumbres y tradiciones, por lo que aún es posible escuchar a niños, jóvenes y adultos mayores hablando en “mexicano”, variante local de náhuatl, que se niega a morir y que más bien ha sufrido un proceso de transculturización, en el que han adoptado modismos y frases del español que se incluyen de manera cotidiana en el habla, sobre todo de los jóvenes. Por lo cual frases como “klen onda”, para decir “Qué onda”, se pueden escuchar entre los adolescentes, que han dejado atrás la vestimenta tradicional de sus mayores, la cual constaba de vistosas faldas de colores, blusas bordadas, delantal, rebozos y listones de colores para las mujeres, en tanto que el vestuario de los hombres constaba de calzones de manta, huaraches, así como cotorinas y sombrero.

San Miguel Canoa tiene un profundo sentido religioso el cual se ve reflejado en las diversas iglesias y capillas que se encuentran distribuidas a lo largo de las 10 secciones en que está dividido el pueblo. Muchas de las actividades cotidianas, de índole social e incluso económica, están regidas por las creencias católicas de sus habitantes y de su profunda veneración por Diosito y por el “Güerito” como cariñosamente llaman al Arcángel San Miguel, patrono de la población, a quien se festeja en grande el 27 de septiembre, día de San Miguel, con la colocación de coloridas alfombras y la ejecución de danzas tradicionales como la de Negritos en las que participan los hombres de la comunidad y llevan a cabo la tradicional procesión en la que la población entera reitera su fe. Mole, arroz, tamales, pulque y cervezas son los manjares con los que la población agasaja a sus invitados, y que da cuenta de la generosidad de mayordomos, fiscales y miembros de las distintas congregaciones que se han conformado para adorar al Santísimo Sacramento, a Jesús Nazareno, a la Virgen de Ocotlán, al Santo Señor de Chalma y los adoradores de la Vela Perpetua, todos ellos, protectores del pueblo.

Creencias y tradición son las grandes directrices del ser cotidiano de los canoenses. La forma de ser de los habitantes de este histórico poblado  ha llegado al siglo XXI sin ser trastocada de manera profunda. Aunque sus nuevas generaciones sigan la corriente de los tiempos modernos, y presten oídos a modas como el actual reggaetón, San Miguel Canoa se antoja un microuniverso que conserva intacta la esencia de sus tiempos pasados.

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