Y la alerta de género no llega…

on October 3 | in Mujeres | by | with No Comments

Crónica

Fotos: Ángel Franco.

Por Mario Martell

 

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Es lunes por la mañana. La explanada de la Universidad Popular Autónoma de Puebla (UPAEP) se encuentra repleta de jóvenes y mujeres vestidas de blanco que marcharán por primera ocasión. Los millenials salen a las calles en una mezcla de indignación y escepticismo.

Habitualmente desmovilizados bajo la lógica de la universidad neoliberal la Puebla barroca imaginada por los ángeles de sus mitos fundacionales choca con la realidad cruda de la inseguridad e intenta responder sin azuzar demasiado el avispero.

El feminicidio de Mara Castilla se contabiliza como el número 83 en el estado de Puebla en lo que va del 2017. El feminicidio de Mara se visibiliza gracias a las redes sociales y a la indignación entre la clase media pues la jóven de 19 años estudiaba en una universidad privada de inspiración católica. Otros feminicidios y las desapariciones de mujeres no corren la misma suerte de volverse públicos y provocar efectos de indignación.

Poco a poco, la modernización coloca a las mujeres jóvenes en un escenario hostil. El conservadurismo de Puebla se expresa en algunos ejemplos aleatorios: solamente en una ocasión la ciudad ha sido gobernada por una mujer y la universidad pública más grande del estado, jamás ha sido dirigida por una mujer.

Las mujeres adoptan una mayor independencia y son más autónomas que las mujeres de generaciones precedentes pero la inercia patriarcal continúa experimentando la fantasía de que los deseos y los cuerpos de las mujeres son patrimonio machín. Pero esta fantasía proteccionista ha derivado en que las mujeres son violadas por sus captores y sus cuerpos abandonados en la periferia de la ciudad, es decir, en los cinturones de pobreza de lo que fueron tierras ejidales.

Pero si la misión de Palafox y de Mendoza fue la de erigir la catedral que une el poder civil con el eclesiástico, en la Puebla del 2017, con su estadios de fútbol, sus centros de comerciales y uno que otro museo diseñado por el genio japonés Toyo Ito, su parte baril también asoma en los pueblos de la periferia: poblaciones donde ya no hubo lugar para los teleféricos sino que solamente aparecen en las páginas del periódico español El País cuando sus pobladores linchan a los forasteros en octubre del 2015, encuestadores linchados por la conducta psicótica de sus pobladores.O cuando el robo de combustible protegido por las autoridades se industrializa hasta ocultarse bajo la máscara facilona de la cultura popular y la protesta orquestada por los delincuentes de combustible en mayo de este año en Palmarito Tochapan.


Frente a esta imagen aumentada de la realidad las autoridades estatales se han negado a solicitar una alerta por violencia de género.


Pero la autoridad no cede e imagina que su Puebla barroca y modernizada con calles de concreto hidraúlico y aspiraciones de éxtasis antrero en fin de semana en Cholula o en la avenida Juárez es el sueño colectivo del ser poblano: una especie de nirvana del consumo entre shots de alcohol adulterado, sexo efímero por seguro y bajos niveles de hedonismo auditivo, ayer el ponchis ponchis, hoy las dosis de regaetón para fortalecer el machismo cultural que lo mismo Pedro Infante, Hugh Heffner y el mísmisimo Maluma han convertido en la religión secular por excelencia. La simplificación de las utopías en el reality antrero es el espejismo que alimenta ese territorio de los excesos y el placer, la Cholula de fin de semana, la de las iglesias construidas sobre los escombros de las pirámides cholultecas, la del pueblo mágico porque Puebla es un “atractivo turístico”, difunde indiscriminadamente la página web Puebla travel.

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Frente a esta imagen aumentada de la realidad las autoridades estatales se han negado a solicitar una alerta por violencia de género. En sus declaraciones oficiales, las autoridades, desde el gobernador hasta sus funcionarios aledaños, piden mesura y llaman a que los ciudadanos no confundan la “percepción” de la seguridad con las cifras.

Pero la sociedad no resiste a la tentación abstracta de la estadística. O más bien ¿qué es la estadística cuando las madres y los padres no quieren que sus hijas vayan a los antros y temen que lo peor suceda si suben a algún transporte público urbano? En un país con regiones invibibles la ciudad de Puebla se había ofrecido como el remanso de la seguridad. Entre rumores, los poblanos presumían que Puebla es una ciudad universitaria donde hasta los capos de grupos de la delincuencia organizaba enviaban a sus hijos a estudiar a sus universidades. Se presumía que era una “ciudad segura”. Después de la ciudad de México, Puebla se presenta como un paraíso de universidades, donde lo mismo caben los departamentos de la especulación inmobiliaria en Angelópolis, con rentas de 17 mil pesos mensuales, que las fotografías de las socialités poblanas desperdigadas en las páginas a color de suplementos y revistas que se regalan en los cafés para reforzar la identificación clasista.

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Por momentos, la práctica cultural de la procesión religiosa es el único referente de los cientos de jóvenes de la universidad del barrio de Santiago que marcharán en silencio por Mara Fernanda Castilla, estudiante de ciencias políticas de la UPAEP, asesinada el 8 de septiembre. Originaria de la ciudad de Xalapa, Veracruz, a tres horas de Puebla, Xalapa durante el gobierno del priista, Javier Duarte, se volvió una ciudad violenta. La vieja Atenas veracruzana, cliché de su presentación social, cedió ante los ajustes de cuenta, la persecución a los universitarios, el asesinato de sus periodistas y el dominio territorial del cirmen organizado. Mara dejó la violenta Xalapa de su adolescencia para estudiar Ciencias Políticas en la universidad el barrio de Santiago en Puebla.

La estudiante Diana Galaviz Briones, de la mesa directiva de Ciencias Políticas de la UPAEP, relata desde el templete que Mara halló su vocación en las ciencias políticas “para trascender” y que Mara eligió Puebla porque la consideraba una de las ciudades más seguras del país.

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Pero el 16 de septiembre su cuerpo regresó a Xalapa donde fue velado por su familia para ser enterrado en Bosques del Recuerdo. Ese mismo día, en distintas ciudades del país, mujeres y hombres, marcharon para exigir que cesen los feminicidios al clamor de #niunamás.

Tras varios años de desmovilización las reacciones de la marcha organizada en Puebla el 18 de septiembre parecen rígidas. El músculo contestatario y el principio organizativo se encuentran fuera de forma. El outfit de la protesta tampoco es el color blanco: un color que para unos apela a la paz pero la paz aún es lejana cuando prevalece la impunidad en los demás feminicidios cometidos en Puebla.

De algún modo, la derecha ha estado en el poder en Puebla los últimos años y también ha gobernado el país dos sexenios. Pero la derecha, encerrada en la sagacidad del war room, ha desaprendido el lenguaje público del festejo o de la protesta.Por lo que marchar en las calles es algo remoto, algo así como la reminiscencia de la protesta social.

Los organizadores exigen a los que marchan silencio. En los discursos, el lenguaje modoso apela a la “cultura de la paz” y ni se asoma a las cuitas del discurso patriarcal. Si el silencio es un valor político, lo supieron los estudiantes de la UNAM en 1968 en la marcha del silencio, su aprendizaje requiere de la indignación sino simplemente la inhibe: sobre la avenida Juárez, el Paseo Bravo y Reforma la mancha blanca de manifestantes se descuelga al zócalo de la ciudad, en un silencio exigido por los organizadores.

Pero los contingentes que provienen de la ciudad universitaria de la UAP, al otro lado de la ciudad, para llegar al zócalo ni se visten de blanco ni callan. Su enojo, curtido en el remoto movimiento del #yosoy132 y en las marchas por la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, los impulsa a corear:

“Aplaudan, aplaudan no dejen de aplaudir que el pinche patriarcado se tiene que morir”

Tanto en su lenguaje como en los actos. La convocatoria de la marcha neutraliza la indignación de las familias que han perdido a madres e hijas, asesinadas; algunas de ellas desaparecidas. El registro hemerográfico de feminicidios en lo que va del 2017 llega a los 83 feminicidios.

En el primer bloque marchan las autoridades educativas. Los rectores de la UPAEP, Emilio Baños Ardavín, y el rector de la Ibero, Fernando Fernández Font, estudiantes y otros funcionarios de la derecha, como el presidente del Consejo Coordinador Empresarial.

Pero los discursos de los rectores apenas sí reflejan el sentido de los asistentes a la marcha. El sacerdote jesuita Fernández Font coloca la responsabilidad de los feminicidios en el gobierno estatal. Para el rector de la Ibero el elevado índice de feminicidios es un problema heredado del pasado donde las autoridades se coludieron con los delincuentes.

La marcha más que unir en la indignación parece que ha separado las voces.

Al frente del contingente los funcionarios, luego, universitarios de la UPAEP. En las columnas posteriores, madres de familia cuyas hijas han sido asesinadas pero sus asesinos continúan prófugos. En el zócalo, la fuente de San Miguel divide a universitarios y familias. Las activistas feministas observan desde lejos el templete y apenas terminan los discursos una batucada de mujeres feministas corean consignas anti-patriarcado, corean que las mujeres decidan sobre su propio cuerpo y ven con odio que por muy solidarios que hayan sido los rectores de las universidades católicas no dejan de ser encarnaciones de las viejas estructuras patriarcales.

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Al terminar la protesta, los estudiantes de la UPAEP abandonan con premura el zócalo de la ciudad. Sólo quedan madres, padres y hermanas de mujeres desaparecidas o asesinadas. Lejos del templete familiares cuelgan de una estructura metálica cartulinas y mantas con los nombres de las mujeres desaparecidas, dejan flores y guardan un frío silencio que no es el de la inmovilidad social sino el de la rabia.

Hay otras víctimas que permanecen desaparecidas; mujeres asesinadas que no se vuelven trending topic.

Entre las madres que acuden a la marcha se encuentra, Paloma Rodríguez, la madre de Karina Yazmín Rodríguez Alducin. Karina Yazmín Rodríguez desapareció el 21 de agosto de 2016.

La mujer porta una manta con la fotografía de su hija. Las autoridades no han buscado a su hija, relata, y desde hace un año no la ve.

Minverva Calderón fue asesinada el 21de marzo del 2017 de 70 puñaladas pero su asesino, ya identificado, continúa en libertad y prófugo. Su madre también acude a la marcha para denunciar el asesinato de su hija; compartir su indignación con otras mujeres y hombres que conversan con ella y exigir que la Fiscalía atrape al asesino.

Amigos y familiares de Sarahí Ávila Arellano también muestran pancartas con el rostro de la joven de 26 años a quien se le vio por última vez en la colonia Prados Agua Azul de Puebla. Pero desde el 2 de agosto está desaparecida. Sus familiares se han dado a la búsqueda de la mujer y su rostro aparece en volantes pegados en las casetas telefónicas por toda la ciudad.


“Justicia para Mara”

“Justicia para todas..”

Los discursos desde el templete no reflejaron ni la rabia ni la indignación de madres de familia con hijas adolescente o hijas jóvenes de la edad de Mara.

“Ni una más, ni una más, no queremos ni una más”..

La Puebla del templete no es la Puebla de las calles.


 

 

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