Multitud December 21, 2017

Por Elsa Arce

Fotos por Ángel Franco

Para doña Elvia, todas las mañanas son apresuradas. Debe levantarse alrededor de las 5 de la mañana para preparar el desayuno de sus dos hijos y el de su esposo, que trabaja como albañil, y darse prisa para que alrededor de las 6 de la mañana se vaya al molino que se encuentra a tan solo unas calles de su casa y en el que seguramente encontrará a las docenas de señoras que, al igual que ella, encuentran en el maíz procesado como suave y tibia masa, la forma de obtener más recursos económicos que ayuden al sostenimiento de su hogar. En la misma situación de doña Elvia, cientos de mujeres pertenecientes a las comunidades de San Miguel Canoa, San Sebastián de Aparicio y La Resurrección han encontrado en la producción de gorditas y tortillas de mano, la manera de sostener sus hogares ya que en muchos casos, estas mujeres son las jefas de familia que cubren las necesidades de ropa, zapatos, estudios y diversión de sus hijos.

Esta situación es igual para muchas mujeres, que se inscriben dentro de la Población Económicamente Activa en México, que actualmente representan el 38% del total de trabajadores mexicanos. Es de hacer notar que la mayoría de las trabajadoras se enfrentan a importantes obstáculos que les impiden participar plenamente en el mercado laboral. De acuerdo a cifras del INEGI la mujer encuentra obstáculos como tener que sobrellevar una carga de trabajo no remunerado (las mexicanas dedican 4 horas diarias más al trabajo no remunerado que los hombres); los tradicionales roles de género, en los cuales se asume que una mujer no puede desempeñar la misma actividad laboral que un hombre y la carencia de políticas de conciliación entre trabajo y vida familiar, especialmente la insuficiente oferta de servicios de cuidado infantil y de prácticas laborales flexibles. Esto redunda en que, de acuerdo a la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos), el 51% de los trabajadores por cuenta propia en el sector informal son mujeres; de las mujeres ocupadas, el 23.5% trabajan por cuenta propia, el 2.5% son empleadoras y el 9.2% no recibe remuneración por su trabajo.

Las mujeres de estas comunidades están inmersas en esta dinámica laboral, en el que se auto-emplean al no tener mayor preparación académica, que les permita acceder a otra clase de trabajo. Por esta razón algunas de ellas se han enfrentado a la disyuntiva de volverse empleadas en fábricas o comercios o bien en trabajadoras domésticas. Sin embargo esto implica el abandono de sus propios hijos, por lo que han optado por hacer de un conocimiento tradicional, una fuente de empleo, que les permite tener a sus hijos cerca de ellas, improvisando pequeñas cunas con cajas de cartón, si la venta es en la calle o hamacas que cuelgan en la cocina donde preparan sus tortillas.

La venta de tortillas, gorditas y todos sus derivados, data de al menos 50 años, tiempo en el que muchas mujeres de estos pueblos, se han dedicado a la venta de estos productos en mercados, plazas públicas, a la puerta de sus hogares o incluso,  haciendo entregas a domicilio. De origen prehispánico, esta tradición de trabajar con el maíz ha sido un conocimiento legado de madres a hijas, quienes desde muy pequeñas son enseñadas a  preparar el maíz para volverlo nixtamal, poniendo a hervir el maíz con agua de cal, que logra que los granos se suavicen para que sean molidos por medio de molinos eléctricos. Los granos de maíz, van siendo triturados entre dos piedras que dan como resultado la suave y caliente masa. Posteriormente les enseñan a prender la lumbre en los tlecuiles, para que coloquen sobre ellos los comales de barro, a los que añaden cal líquida que permite que no se peguen las tortillas. Después suavizan la masa con un poco de agua para que sea pasada por el metate, lo cual permite que las tortillas salgan suaves y no “martajadas”. Poco a poco las niñas aprenden a sacar las tortillas de la prensa, para entonces palmearla y depositarla finalmente en el comal, que dicho sea de paso, debe ser siempre de barro, ya que las elaboradas en comal metálico se ponen duras y correosas. Esta tradición ha pasado de generación en generación.

Gracias a esta enseñanza, las mujeres obtienen el sustento de la alimentación de las familias de estos pueblos, que en primera instancia está dedicado al consumo doméstico. No obstante, las condiciones económicas imperantes en  muchas regiones del país han hecho indispensable que la fuerza laboral femenina se integre activamente al ingreso familiar. Muchas de estas señoras trabajadoras del maíz, relatan que desde muy jóvenes, cargaban sus inmensos canastos llenos de tortillas en la espalda y caminaban hasta los lugares donde podían abordar un autobús que las trasladara a la ciudad de Puebla, sobre todo al barrio de San Antonio  y a la zona de los Fuertes de Loreto y Guadalupe, donde vendían sus productos. Incluso recuerdan que cuando no lograban la venta del total de sus tortillas hacían trueque con  los comerciantes establecidos, cambiando tortillas por fruta o un pedazo de carne que pudiera enriquecer la comida familiar.

Actualmente es muy común ver a estas señoras vender gorditas de salsa roja y verde, cubiertas siempre de blanco queso y cebolla. Al mismo tiempo, elaboran tortillas de mano y han diversificado sus alcances para elaborar quesadillas, cuya base es el queso pero que acepta la compañía de flores de calabaza, epazote, champiñones, chicharrón, huitlacoche, entre otros y también elaboran tlacoyos de requesón, arvejón, habas y frijoles, que les permiten ventas de entre 500 y 1000 pesos diarios, de los cuales deben descontar su materia prima, para  que al otro día, puedan salir nuevamente a ganarse el sustento cotidiano con el trabajo y la sazón de sus manos.

 

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