Ciudad de pólvora. El carnaval de Huejotzingo

on February 14 | in Culturas | by | with No Comments

 

Por María Luisa Martell Contreras

Fotos por Ángel Franco

 

Este carnaval es la obra teatral de masas más grande del mundo. El olor a pólvora se cuela por todos lados. Los jóvenes que participan en el carnaval tienen dos nacionalidades, la mexicana y la estadounidense o más bien tres, la huejotzinga.

 

 

I

David Ezra y Brayan Omar, dos chicos de entre veinte y veintiún años, Eliseo y Levi quiénes están en la medianía de los 30 y 40 años, son de Santa Ana Xalmimilulco.

Desde los seis años han participado en el desfile tienen muchos años participando en el desfile, unos iniciaron a los seis años, otros más pequeños. Ellos pertenecen al batallón de los “indios serranos” del primer barrio del Carmen y nos invitaron a acompañarlos, pues tenían que concentrarse en el cuartel ya que el desfile empezaría a las cuatro de la tarde. Nosotras los seguimos.

Para esta hora ya había movimiento en las calles por dónde caminaban, zuavos, turcos, zapadores, zacapoaxtlas e indios serranos; algunos se detenían a disparar con el mosquete, compartir cervezas, acomodarse algún elemento de su vestuario o se dejaban tomar fotos.

Durante el trayecto hicimos una breve pausa pues, Eliseo y Levi se pararon a hablar con un señor, al cual nos presentaron. José Luis Bautista es un artesano, él se encarga de bordar gazneses y lleva cincuenta años haciéndolo, oficio que aprendió de su madre. Nos comentó que este trabajo es muy laborioso y por ello no puede bordar en gran cantidad, razón por la cual para este año, 2018, ya no tiene espacio para recibir más pedidos pues está saturado; así que aquellos que quieran que les borde algo, tendrán que hacer su pedimento en estos meses para trabajarlos hasta el 2019. Así como resulta ser un trabajo artesanal difícil, también resulta caro pues, un gazne, el lienzo bordado que llevan sobre el regazo, puede llegar a costar entre doce y catorce mil pesos.

Unos metros antes de llegar al cuartel me llamó de sobremanera la atención una iglesia blanca estilo gótico de gran tamaño. Los altos arcos, semejantes a ventanales de construcciones árabes y medievales que forman parte de las dos torres; hacen contraste con el remate en punta y la crestería de la fachada principal, así como con los vitrales que la complementan. Es la iglesia del Carmen y de frente, sobre una explanada, se encuentra el cuartel. La música de la banda Los grandes de Antequera de Oaxaca, ya está a todo lo que da. La gente baila mientras toma cerveza o pulque, hasta un pequeño como de diez años toma pulque con su papá. Hombres, mujeres, chicos y grandes, bailan, gritan, se divierten; algunos hacen pausas para disparar el mosquete.  Participan muchas mujeres en el batallón, mujeres cuyas edades oscilan entre los sesenta y diez años de edad. Muchas de ellas también con su mosquete.

Hay una gran lona que los cubre del sol, están poniendo las mesas y las sillas porque van a servir la comida en unos momentos; nos invitan a comer y también unas cervezas. La generala del cuartel no se encuentra, es prima de Levi, creo que fue a traer rancho; cosas, comestibles, que otras personas aportan para el batallón. Ser general implica estar a la cabeza del contingente, dirigirlo pero también, dar de comer y beber a todos los participantes y atenderlos. No es fácil, es todo un compromiso y un gasto fuerte pero vale la pena. De momento llega otra banda que se prepara para relevar a la que está tocando.

La comida ya se empieza a servir cuando la generala llega y Eliseo me lleva con ella. Carola Pérez de la Rosa a sus treinta años y prácticamente veintinueve de desfilar, recuerda cómo la llevaban en carriola cuando comenzó a participar, también es de Santa Ana Xalmimilulco. Para ella es un orgullo formar parte del carnaval, al igual que para otros participantes; conservar esta tradición que desde pequeños se les enseñó, por eso también se la inculcan a sus hijos. El carnaval, en el que participan los cuatro barrios de la ciudad,  remite a los eventos históricos y rituales; conmemorar el primer casamiento indígena celebrado en el señorío de Huejotzingo, recordar el rapto de la hija del corregidor por parte del bandolero Agustín Lorenzo, así como la batalla del 5 de Mayo y, aunque no es una celebración propiamente religiosa, antecede a la cuaresma pues finaliza un día antes del miércoles de ceniza. Después de platicar con Carola regreso a la comida pues ya están servidos los mixiotes y el arroz y a pesar de que hay gente bailando con la tercera banda, de apoco comienzan a alistarse para el desfile; nosotras también nos alistamos para seguir el camino, ya que sin quererlo tenemos que movernos y regresar al siguiente día.

II

La cita para el domingo era a las ocho de la mañana pero llegamos a la diez. Nos enfilamos a las gradas que se encontraban al frente del palacio municipal y durante el trayecto vimos a un joven disfrazado de “indio serrano” cuyo gazne tenía como figura central a la virgen de Guadalupe y a los costados, la bandera de México en la izquierda y la de Estados Unidos a la derecha. Horas después, de boca del presidente municipal de Huejotzingo, Carlos Alberto Morales Álvarez, escucharía que muchos jóvenes que participan en el carnaval tienen dos nacionalidades, la mexicana y la estadounidense o más bien tres, la huejotzinga, como él lo refiere.

Un puesto de compostura y hechura de mosquetes, a un costado del exconvento de Huejotzingo tenía gente, pues algunos participantes habían llevado sus mosquetes a reparar. En el parque había muchas vendimias, ropa, calzados, juguetes y comida. Llamó mi atención la venta de gazneses, sombreros turcos, máscaras, pelucas y otros accesorios; propios de la vestimenta que utilizan para los diversos batallones. Había venta de “cartuchos” de pólvora, hechos con papel estraza y, venta de ¿cubre bocas y tapones para los oídos?…algo sumamente extraño para mí. Durante el desfile sabría que estas dos cosas son indispensables para los visitantes primerizos que, como yo, van al carnaval.

Nos sentamos en primera fila, de frente al ayuntamiento en dónde se lleva a cabo el robo de la dama.

 

El barandal de la puerta dónde se presentará la dama está adornado con ramas de hojas verdes y grandes flores de plástico de colores; al igual que una escalera de aluminio que se encuentra recargada sobre el mismo. Las gradas se van llenando. De repente, un grupo de indígenas ataviados con trajes que asemejan a los ahora conocidos concheros, con penachos, huipiles y taparrabos; se reúnen frente al ayuntamiento y al son de un tambor, comienzan a danzar. Un joven simula hacer una ofrenda y dirigirse a los cuatro puntos cardinales con un incensario en las manos. Posteriormente, un hombre con un gran penacho y ataviado con algo similar a lo que llevaría un guerrero mesoamericano, un traje en color dorado y morado, se posiciona al centro; mientras el resto baila a su alrededor. Se escucha: “es una ofrenda a la madre tierra y un pedimento para que haya saldo blanco en este carnaval”

 

Minutos después del mediodía, inicia el carnaval. El primer contingente representa al señorío de Huejotzingo. Con vestimentas de colores y penachos bailan; llevan un maxtlatl (arma prehispánica hecha con navajas de obsidiana) de madera en las manos. Atrás de ellos, la banda de música va acompañándolos. El siguiente es el batallón de negritos, un grupo reducido, y el único en todo el desfile; lleva pelucas rizadas tipo afro y el cuerpo pintado de café oscuro. Se cubren con “pieles de leopardo y tigre” y gritan, gimen; como si fueran hombres de las cavernas. Sobresale un personaje cuya cara no está visible pues lleva el cuerpo cubierto de pascle. Es extraño pero llama la atención, los espectadores ríen.

El estado mayor hace su aparición. Ataviados con trajes militares y sombrero, montan a caballo y escoltan a la dama que al final, será robada por Agustín Lorenzo. Las representaciones del corregidor, del bandolero y de su cómplice, también aparecen. La dama con un gran vestido en color guinda y adornos dorados, montada sobre un caballo blanco, saluda a los espectadores. La siguiente comparsa, la representación del primer casamiento indígena, es la más numerosa, es la única en la cual pueden participar todas las personas que quieran, sin pertenecer a un barrio en particular. Gente de todas las edades, con ropa de manta, guayaberas y sombreros; bailaban sin ton ni son. Señoras con carriolas y niños en triciclos los acompañaban. Algunos señores llevan grandes botellas de red label, cervezas y otro tipo de bebidas. Uno carga sobre su cabeza un guajolote de papel y otro, un cerdo de cartonería. Hay dos cañones que expulsan confeti y dulces; los participantes saludan y se divierten.

Le toca el turno al primer barrio y a los zapadores. Las detonaciones del contingente se dejan oír de inmediato. Los zapadores son la representación de trabajadores de guerra, soldados mexicanos con influencia de generales españoles e ingleses después de la Independencia. Lo más vistoso de su llamativo traje son los altos sombreros en color negro y aplicaciones en dorado, que se complementa con pedrería de fantasía, espejos, borlas en tonos dorados y plumas de colores. Algunos llevan águilas imperiales, otros calendarios aztecas. La barba que portan es muy estilizada, hecha en algún tipo de hilo parecido al estambre y en forma de cuchara; también lleva pedrería en la parte de abajo. Algunos llevan pipas forradas en piedras de fantasía brillosas complementadas con lentes para el sol. Las detonaciones se vuelven constantes y la pólvora se siente en el aire. La banda toca y toca, los participantes bailan, brincan y gritan; algunos con tapabocas, mujeres y niños sobre todo; se mueven entre el humo y los disparos.

 


El sábado diez de febrero llegamos a Huejotzingo un poco después del mediodía. Teníamos la idea de que el desfile empezaba a las doce, era el día de apertura y la toma del lugar por el carnaval, día en el cual se realiza la entrega simbólica de la ciudad al general en jefe mediante una llave que representa a todos los batallones. Según nosotras ya era un poco tarde, pero esperábamos poder acceder a un espacio dónde pudiéramos observar todo con mayor detalle. Sobre la calle Aldama, encontramos un estacionamiento y mientras bajábamos nuestras cosas, nos dimos cuenta que cuatro danzantes, con disfraces de “indios serranos”, estaban también ahí, acomodándose su vestuario a la vez que compartían unas cervezas. Nos acercamos para preguntarles si ya se había acabado todo o apenas iba y aprovechamos el momento para platicar con ellos y conocer un poco más acerca de la fiesta.

 


Cuando hace su aparición el batallón de los “indios serranos”, el aire se ha vuelto espeso y la textura de mi cabello ya es áspera; la pólvora se siente entre los dedos, entre los dientes, la nariz pica e incluso mi libreta de notas está llena de polvo, son perceptibles los granos de pólvora en ella. Dos pequeños cañones hacen son arrastrados, los colocan frente al ayuntamiento y los prenden. Se escuchan dos grandes detonaciones que cimbran el cuerpo, una gran nube de humo nos invade. La gente aplaude, grita, lo disfruta. Siguen los zuavos, la representación del ejército francés. La voz de los presentadores se pierde a ratos entre el ruido de las detonaciones, los gritos y la música de las bandas. Los colores chillantes de los trajes y la gran cantidad de participantes provocan que no sepas exactamente a dónde mirar. Todo es teatralidad, exceso, exuberancia; una escena muy barroca.

Los zacapoaxtlas se destacan por llevar enormes pelucas de papel tricolor, en verde, blanco y rojo; pegadas a sombreros charros. Algunos llevan tenis blancos adornados con moños de colores para aguantar el paso. Una señora, de entre sesenta y sesenta y cinco años, sobresale por el resto de aquellos que no llevan máscara. No se ve cansada, aguanta el ritmo, también baila. Mamás que cargan a sus hijos en brazos, los toman de la mano o los transportan en carritos de juguete, forman parte del batallón. Otras mujeres están embarazadas. Los turcos aparecen con sus abanderadas que parecen odaliscas pero sin velos; sus vestimentas en color dorado y crema, en tonos de colores que se pueden observar en los sombreros del batallón. Sus barbas puntiagudas y su calzado, muchos de ellos, tenis modificados con la misma terminación en punta; hacen juego con las pequeñas mochilas cuadradas que llevan a sus espaldas. Se pueden observar imágenes de Aladinn y la princesa Yazmín de Disney, en sus mochilas.

A estas alturas fácilmente he perdido la noción de la cantidad de detonaciones que los batallones han hecho y el número de personas que ha desfilado, el cual ha resultado ser vasto. El presentador dice, veintiún batallones son los que han participado en esta ocasión. Finalmente, ha pasado el cuarto barrio y es hora de la representación del robo de la dama. Todos ocupan su lugar. La dama baja de su caballo, ingresa al ayuntamiento y se coloca en el balcón adornado con flores. Baila junto a un zapador. De repente llega a galope Agustín Lorenzo, el cual también baja de su caballo y sube por la escalera que está pegada al barandal. Se encuentra con la dama, bailan e inmediatamente ella desciende por la escalera, seguida de él. Montan de nuevo sus caballos y un grupo de zapadores que están frente a ellos, lanzan detonaciones al unísono; los representantes del estado mayor los confrontan. La gente aplaude y de esta manera, concluye el evento después de más de dos horas y media. Los presentadores hacen la invitación para el segundo desfile que se va a llevar a cabo a las cuatro de la tarde. A esta hora los batallones se retiran a sus cuarteles para comer, tomar cerveza y agarrar fuerza para lo que sigue. Nosotros también tenemos que partir. Recuerdo en el camino de regreso lo que señala el presidente municipal de Huejotzingo, este carnaval es la obra teatral de masas más grande del mundo.

 

 

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