Multitud April 27, 2018

Texto por José Luis Valencia (@HueyIhuilcamina)

Foto por Ángel Franco (@francofonista)

Me levanté temprano -en contra de mi propia (y ajena) voluntad- como todos los lunes. Hacia las siete de la mañana ya empezaba a depurar hartazgo a través de mis poros. Recordé qué había hecho -nada- durante mi fin de semana, despotriqué contra el graciosísimo horario de verano y la ineptitud pedagógica. Contra las primeras horas de la mañana y contra el nefasto transporte público. Todo pintaba para ser un insípido y cotidiano lunes cualquiera.

Pero este lunes no fue un lunes cualquiera.

Se vivían más resacas que a las que estamos banalmente acostumbrados. Y es que la noche del domingo se vivió una bacanal de memes, agruras y política a la mexicana. Tal y como ya había vaticinado la divina providencia electoral, en la noche de un domingo -horario familiar le llamaban- se llevó a cabo un intrincado show de comedia que terminó, parece, en tragedia.

Y es que, al final de cuentas, sólo se demostraron los mismos trucos gastados. Una y otra vez. Los mismos grupos, -casi -diferentes actores. Los buenos, los malos y los feos. Bueno, los buenos contra el malo y feo.

Pero la resaca no se limitó a algo tan sencillo como quejarse del candidato menos favorito. Como ya es costumbre entre el ilimitado caldo intelectual de las redes sociales, la selecta sociedad mexicana le tiró con todo a candidato y a seguidores; tomó como personal el defender a capa y espada todo aquello que ellos consideran correcto y se lanzaron a la lid por Tierra Santa -vulgo Los Pinos-. Y cada uno hizo gran gala de sus armas más refinadas, evolucionadas.

Insultos, pues.

La banalidad, pues.

Durante el viaje al trabajo no sólo me chuté el radio con nuestro monseñor López Díaz, sino también a todas las personas hablando sobre el tema. A mis contactos de WhatsApp. A mis contactos de Facebook. A mis alumnos. A todos dando una opinión.

Sesgada, por cierto. Demasiado.

Hombres y mujeres alabando a un dios blanco, lejano de estas tierras, ávido de tesoros sin importar su procedencia. Indultando a una deslucida beata, que carga con la cruz que bien eligió cargar y sin fuerzas para continuar. Coloreando un trabajo a medias, de esos que deja sin terminar el conocido autor más como un grito de desesperación que como un retazo de arte. Féminas y masculinos riendo de las gracias de un bufón con muchas botas y poco talante. Y por supuesto, quejándose de un anciano con fallas en todas sus capacidades y con aires de mártir autonombrado.

La alta contra la plebe, básicamente. Y todos tienen algo que decir, aunque no sepan nada acerca del tema. El sentimiento sobre la razón, los prejuicios por sobre lo obvio; la falacia sobre el fundamento. Joyas de paradigmas truncados por la soberbia y la falta de empatía.

Nadie puede ya vivir en el remanso de la imparcialidad, de la neutralidad. En el silencio, en la calma. Sólo hay que hablar y discutir porque se puede, aunque se sepa que no se tiene la razón. O porque sí se posee razón -ja ja ja- y debo evangelizar a golpes -de pluma o de voz, claro- a los no creyentes.

Ah, bendito ego.

Seguí mi jornada con mi carga laboral. Desconecté mi cerebro. Sobreviví, pero no como quería. Al final de cuentas, caigo en el mismo ciclo de desdén en el que caen todos. Aunque con porte estoico, seguí mentándole la madre a los microbuseros, atravesándome a media calle y pendejeando a las bellas personas que se quedan en triple fila frente al Benavente.

Obvio, todo ello motivado por mi necedad de denostar mi superioridad de pensamiento, de hombría, de estudios.  Por mis motivaciones y convicciones completamente originales.

Y todo ello es mejor. Sobre todo, si no piensas como yo.

 

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