Multitud May 24, 2018

Texto por José Luis Valencia (@HueyIhuilcamina)

Foto por Ángel Franco (@francofonista)


Tener pareja.

Felicidad absoluta, complementación humana.

Existe gente que vive por ello y para ello.

Pero no yo.

Corre una tarde apacible, tranquila y de mi completo agrado. Parece que va a llover.

Ya dejé atrás nuestra totémica y megalómana Puebla, tras el portón de mi casa. Ya califiqué exámenes y me decepcioné de mis alumnos. Me dispongo a tocar un rato mi bajo pues me da pereza calentar mi comida en el microondas. Un día cualquiera, nada puede salir mal. Nada.

Y recibo un WhatsApp.

Es una fémina. La fémina.

Mi alma pasa del goce, al horror y de nuevo al goce, pero salpicado de incertidumbre. Yo sé que, al final de cuentas, ella se comunica conmigo más por un deber cuasi moral que por verdadero interés emocional o personal. Y también sé que, al final de cuentas, yo le contestaré a la brevedad posible porque deseo hacerlo, aunque no deba hacerlo. Y que ella, en su desinterés, contestará cuando pueda o quiera. Y eso, al final de cuentas, no es malo.

Sólo para mí es malo.

Es por eso por lo que pienso que el amor está sobrevalorado. No porque nadie me ame a mí de manera romántica y pasional. Si no porque hemos cambiado nuestras prioridades; ya no sabemos estar solos, en completa calma con nuestros “yo”, desentrañando el universo que habita en nuestro interior. No.

No nos podemos sentir completos ni plenos. No podemos emprender actividades ni divertirnos si no contamos con una persona que, además de bella, debe ser incondicional para con nosotros a pesar de que nosotros ni seamos bellos ni seamos incondicionales.

Las parejas son -y deben- ser felices. Los solteros no.

No importan la violencia de pareja que pueda afectar la relación, ni los maltratos, ni los engaños mientras se cumpla el objetivo -implícito- pactado de antemano. Al parecer, el fornicar mueve al mundo. Y nos vuelve felices.

¿Nos mueve el deseo de ser importantes para alguien o el mero hecho de mantener encuentros sexuales cotidianos?

Cualquiera que sea la respuesta, lo que no puede negarse es la cantidad de autodestrucción que acarrea el deseo de poseer una pareja. Ah, claro, porque el hombre posee y la mujer es poseída. Uno ordena y la otra acata. Porque así debe ser – ¿según quién? – porque antes así fue y así debe ser. Dicen que el amor no entiende de razones, pero el que cuiden cada paso que doy, cada palabra que espeto, es enfermizo. Algunos dicen que es gracioso. Lo he visto en Facebook y debe ser verdad.

No queremos un amante. Queremos un monigote para mostrarle a los demás

Me encanta el saber, que, también, el amor se ha mezclado con la moda y la estética. Una persona hermosa es un buen amante porque, obviamente, un bello ejemplar humano no puede ser portador de sufrimiento. Y si es bello, debe poseer toda clase de dones y cualidades innatas de un ser noble, apasionado y sabio. Ajá.

Ahora tenemos idiotas bellos conquistando el mundo y genios horribles que se arrastran bajo la sombra de nuestros patriarcas hermosos y huecos. Patriarcas que cobran en efectivo su felicidad – y la del otro- y siervos infelices porque son pobres, ciertamente.

No queremos un amante. Queremos quien llene el vacío de una vida sin sentido.

Nadie nos enseña a ser nosotros mismos. Nos conocemos tan poco y tenemos tan poca autoestima que buscamos desesperadamente en otro ese complemento que no tenemos y que deberíamos generar por nuestra cuenta. El otro debe tener solución a mis problemas, respuesta a mis inquietudes y razones para provocar en mi alegría y placer. Repito, puedo ser un maldito desgraciado, pero no importa, en el nombre del amor el otro cambiará y se volverá mi amante, aunque yo no sepa amar.

Así que, puedo lucrar con el amor. Puedo poseer amor. Puedo exigir amor.

Puedo descartar lo que no me sirve. Puedo sufrir porque el amor todo lo puede. Puedo matar, porque yo controlo lo que poseo.

Los tiempos de Dios son perfectos. A menos que seas pobre. O feo. O ambas.

Al final de cuentas, no importa. Cada uno de nosotros cuenta, al final, la historia tal y como le fue en los caballitos. Quizá estoy ardido, porque me han cambiado por dinero, por atletas; por atletas adinerados. Quizá.

Pinche amor sobrevalorado.

Terminé por leer su “ok, jaj” y le contesté una oda.

Una de esas dedicadas al autodesprecio.

Aun no me ha contestado.

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