Multitud June 16, 2018


Por José Luis Valencia (@HueyIhuilcamina)

Foto por Ángel Franco (@francofonista)

 

Miércoles.

Ya ha llovido. El reloj marca las 17:00 horas. Bueno, las cinco de la tarde de nuestro irreal y un tanto romántico México. Hace fresco. No hay sol desollador, pues el cielo se ha quedado ciego por un rato. La atmósfera me es agradable.

Pero la espera no lo es.

Me encuentro intranquilo. Sentado frente a un salón vacío; vacío de seres y de esencia misma. Siento pasar los segundos, cada uno con un peso mayor al anterior; siento que la emoción se apaga, que el deseo sucumbe ante el olvido.

De pronto, poco a poco, a cuenta gotas, comienzan a llegar mis alumnos, como si de arcadas de las circunstancias se tratasen. Algunos recelosos, otros un tanto altivos. Quieren pasar desapercibidos a pesar del enorme ego que algunos de ellos emanan por sus jóvenes -pero algo curtidas- carcazas. Los muchachos hablan bajo, como en velorio; se mueven cautelosos y perceptivos.

Hoy son diferentes.

Me siento intranquilo, de nuevo. Todos toman sus lugares -al fondo del salón- esperando más por un milagro que confiando en su mera capacidad innata como seres pensantes; reniegan de nuestras existencias y de aquella de lo que temen. Pero finalmente bajan la cabeza -por convicción, por temor- y comienzan a copiar el contenido que escribí en el pizarrón, buscando respuestas en sus mismas dudas y en las de los demás. Desesperación sobre instinto, fracaso premeditado.

Me siento intranquilo. Es día de examen.

Los muchachos más aventajados comienzan a encarrilarse hacia el objetivo de la actividad. Los menos dispuestos, comienzan a descubrir la existencia de todo un universo que les rodea pero que no responde a sus inquietudes académicas a corto plazo. Durante un rato, el dulce silencio sólo es apuñalado por el rasgar de un lapicero sobre el papel o por una tos involuntaria. Noto como la atmósfera también se empieza a enrarecer, producto del rencor y del pánico hacia mi persona. Y conforme pasa el tiempo, la luz remanente de aquellos cielos ciegos comienza a extinguirse.

Es como la crónica de una muerte anunciada.

Los primeros trabajos comienzan a llegar a mi escritorio. Tres exámenes, a lo mucho cuatro, están ya doblados por la mitad, esperando a ser revisados en una esquina de aquella tierra de la cual soy rey. Sus autores ya se han ido, augurando tormenta. Y efectivamente, un trueno ensordecedor proclama el regreso de la violencia hídrica. Los muchachos rezagados se inquietan, se desesperan, comienzan a diluviar preguntas sobre aquello que es y no es. Apenas y puedo hacer frente ante tal marabunta de desahuciados.

La realidad colapsa. El tiempo expira. Los alumnos mueren y el cielo los llora.

Se van. Abatidos unos, indiferentes otros. Ya habrá más batallas; hay ya una guerra. Desfilan hacia otras tierras, mojados y rendidos. Desaparecen lejos, fuera del alcance de mi vista.

Pero el más contrariado soy yo. Me siento intranquilo, de nuevo.

No importa redondear los ceros y aplicar charol al cien. No importa que deba desencriptar relatos inesperadamente desgarradores y garabatos impíos.  Reprobar a uno de ellos duele igual las mil veces que se deba repetir. Porque no sólo representa un triunfo de mi ego, sino un fallo de mis principios, una masacre estudiantil y el nacimiento de un tirano.

Conlleva dolor existencial de la víctima y magnánima imperturbabilidad del verdugo.

Y aun así, sólo sé algo.

Fue día de examen.

No puedo soportar la idea de tener que ser verdugo, profesor, compañero, tutor y adulto al mismo tiempo. No porque no pueda, si no por lo que implica. Obviamente, sé que no soy ningún mártir educador ni mucho menos. Sé que todos han pasado, de una u otra manera, por lo mismo o por cosas peores en el ámbito de domar seres humanos para hacerlos personas.

He ahí mi angustia, el tener que moldear a un ser en vez de encausarlo a encontrar a su propia horma.

Es algo en lo que creo profundamente. La escuela es un sitio horrible, oscuro y desesperante por el simple hecho de que resuma transgresión del concepto de individualidad. La gente no puede ser ahí, sólo puede replicar. Y eso, a pesar de muchos y a desencanto de otros, no es culpa del sistema educativo; lo es de la descomposición del tejido social. Padres ausentes que honran los placeres banales de la vida y que alimentan su ego con rencor hacia la existencia misma. Que se mueven a través de las tinieblas de la vida con un velo delante de sus ojos, guiando a otros que se niegan a ser ciegos.

El reclusorio -vulgo escuela- no sólo debe aleccionar al alumno en artes repudiadas y prohibir el néctar del conocimiento, sino que además es un sitio de práctica y ejecución de lineamientos esenciales y específicos que propician la réplica del podrido ecosistema humano que domina a nuestra raza. Porque yo, educador, no sólo debo saber suma, rimar, cantar, bailar o mezclar sustancias; debo sumergirme en un infierno ajeno para poder rescatar la perdida humanidad de un ser que sólo aspira a revolcarse en el elixir de los placeres terrenales y humanos.

No sólo debo instruir. Debo educar.

Debo decirle a los niños, a los muchachos, a los adultos, qué hay que hacer o qué no hay que hacer, enarbolando el estandarte del terror hacia las -desaparecidas- instituciones. A temer en un dios magnánimo y colérico que se queja de nuestro olvido y desdén. A temer a la soledad y a buscar el abarrotamiento del alma. A olvidar el pasado en aras de un progreso caótico y monolítico. A vivir con rencor hacia aquello que no comprenden.

Y, a contraparte, debo enseñarles a ser buenos con el ajeno y desdeñosos con el propio, educados con sus dueños y arrogantes con su calaña, honestos con los demás y falsos con sus propias familias, trabajadores sumisos, heterosexuales, priístas, fieles al credo del otro, pero no al de su raza, apasionados a unas artes imposibilitadas e incomprensibles, leales a todos menos a sí mismos, fieles hasta la primera derrota, limpios en un chiquero y ascéticos.

Todo por la módica suma de xxxx.xx nuevos y devaluados pesos mexicanos al mes.

Y no se puede.

No porque no quiera ni deba.

Sino porque presento una de las tantas quimeras de esta desgracia nacional.

Sino por la terrible maldición mexicana que habita nuestros cuerpos.

Perdimos esencia e identidad. Alabamos dioses blancos, hermosos y anglosajones mientras nuestra tez, facciones y ascendencia la negamos. Alabamos naciones que no son casi nada por el mero hecho de tener nada. Negamos lo que somos porque nos han hecho creer que lo nuestro no vale, por ser diferente.

Y ser diferente, obviamente, es malo.

Proyectamos en los otros lo que queremos. Y al verlo materializado, nos asquea debido a que nuestra imagen se trastoca con el rostro del otro. Por eso lo odiamos. Y qué se diga de la aborrecible realidad que desdeñamos. Esa, el verla materializada en algo o alguien, nos da el pretexto perfecto para culpabilizar al otro de mis propios miedos y aflicciones.

Por eso nos odiamos.

Porque a pesar de todo, somos diferentes.

Y cómo no voy a odiar a mi compañero, el que saca diez.

Como no voy a odiar al profesor, que me obliga a ser lo que quiero y debo.

Como no me voy a odiar, si no soy lo que los demás quieren.

Ni lo que yo quiero.

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